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FMI: Cuatro pasos hacia el infierno

Cómo las crisis, los fracasos y el sufrimiento finalmente llevaron a un consejero del Presidente al lado equivocado de las barricadas.

por Gregory Palast

Parecía una escena salida de un libro de Le Carré: el brillante agente sale de su anonimato para, mediante un informe de largas horas, vaciar su memoria de los horrores cometidos en nombre de una ideología que ha degenerado.

Pero éste era un trofeo muchísimo mayor que un desgastado espía de la Guerra Fría. El antiguo burócrata no era otro que Joseph Stiglitz, ex-economista jefe del Banco Mundial. El nuevo orden económico mundial es su obra.

Estaba en Washington durante la gran charla entre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Pero en vez de presidir reuniones de ministros y gobernadores de bancos centrales, se encontraba al otro lado del cordón policial. El Banco Mundial despidió a Stiglitz hace dos años, negándole una jubilación tranquila. Fue excomulgado simplemente por expresar un leve desacuerdo con la globalización al estilo del Banco Mundial.

En Washington llevamos a cabo entrevistas exclusivas con Stiglitz para el Observer y Newsnight sobre el funcionamiento interno del FMI, el Banco Mundial, y el dueño del 51% del Banco, el Tesoro de EE.UU.

Y allí, a través de fuentes que no puedo revelar (no Stiglitz), obtuvimos un alijo de documentos estampados con las palabras "confidencial" y "restringido".

Stiglitz nos ayudó a traducir uno sobre la "estrategia de asistencia a los países" (EAP) Existe una estrategia de asistencia para cada uno de los países más pobres, diseñada, según el Banco Mundial, tras una cuidadosa investigación sobre el terreno.

Pero según el experto Stiglitz, la "investigación" del Banco se limita a poco más que la detallada inspección de hoteles de cinco estrellas. Ésta finaliza con una reunión con un suplicante ministro de economía a quien se le entrega un "acuerdo de reestructuración" previamente preparado para su firma "voluntaria".

Tras analizar la economía de cada nación, dice Stiglitz, el Banco entrega a cada ministro el mismo programa consistente en cuatro pasos.

El Primer Paso es la privatización. Stiglitz dice que, en vez de poner objeciones a la venta de las industrias estatales, algunos políticos - sirviéndose de las demandas del Banco Mundial para acallar las criticas locales - venden sin apuro sus compañías de electricidad y agua. "Puedes ver sus ojos agrandarse" ante la perspectiva de comisiones por recortar en unos pocos miles de millones el precio de venta.

Y el gobierno de EE.UU. lo sabe, denuncia Stiglitz, al menos en el caso de la mayor privatización de todas: la cesión rusa de 1995. "La postura del Tesoro de EE.UU. fue, 'Magnífico, porque queríamos que Yeltsin saliera reelegido. NO IMPORTA que fueran unas elecciones corruptas'."

No se puede subestimar a Stiglitz como si de un conspirador chalado se tratara. Este hombre en su día formó parte del juego - fue miembro del gabinete de Bill Clinton y estuvo a cargo del consejo asesor de economía del Presidente.

Para Stiglitz lo más repugnante es que los oligarcas apoyados por EE.UU. despojaran a Rusia de sus bienes industriales, provocando que la producción nacional se redujera a casi la mitad.

Tras la privatización, el Segundo Paso consiste en la liberalización de los mercados financieros. En teoría esto permite que el capital inversor entre y salga libremente. Por desgracia, como ocurrió en Indonesia y Brasil, a menudo el dinero simplemente sale.

Stiglitz llama a esto el ciclo del "dinero caliente". El dinero entra en el mercado inmobiliario y de divisas con fines especulativos y después vuela a la primera señal de dificultades. Así pueden agotarse las reservas de una nación en cuestión de días.

Y cuando eso ocurre, para atraer a los especuladores con el fin de que devuelvan los fondos monetarios propios de la nación, el FMI exige a las naciones que suban los tipos de interés un 30, 50 u 80%.

"El resultado es previsible" dice Stiglitz. Los nuevos tipos de interés pulverizan el valor de la propiedad, se ensañan con la producción industrial y agotan las arcas nacionales.

Llegados a este punto, según Stiglitz, el FMI fuerza a la nación agonizante a dar el Tercer Paso: la política de precios basada en el mercado - un eufemismo para subir los precios de la comida, el agua y el gas de uso doméstico. Esto lleva, previsiblemente, al Tercer Paso y Medio: lo que Stiglitz denomina "los disturbios FMI".

Los disturbios FMI son tristemente predecibles. Cuando una nación se encuentra "agotada, [el FMI] exprime hasta la última gota de sangre que le queda. Suben el fuego hasta que, finalmente, el caldero explota," - como cuando el FMI eliminó los subsidios para comida y combustible para los pobres en Indonesia en 1998. Indonesia estalló en disturbios.

Hay otros ejemplos - los disturbios en Bolivia el año pasado provocados por el precio del agua y, en febrero de este año, los disturbios en Ecuador a raíz de la subida del precio del gas doméstico impuesta por el Banco Mundial. Se podría pensar que los brotes de protesta estaban previstos.

Y así es. Lo que Stiglitz no sabía era que Newsnight había obtenido varios documentos internos del Banco Mundial. En uno de ellos, la "Estrategia Provisional de Asistencia a Ecuador" del año pasado, el Banco sugiere repetidas veces - con fría precisión - que se espera que los planes provoquen el "descontento social".

No es sorprendente. El informe secreto indica que el plan para imponer la paridad del dólar en Ecuador ha hundido al 51% de la población por debajo del umbral de pobreza.

Los disturbios FMI (y con "disturbios" me refiero a manifestaciones pacíficas dispersadas con balas, tanques y botes de humo) provocan nuevas fugas de capital y bancarrotas en el gobierno. Esta piromanía económica tiene su lado bueno - para los extranjeros, que pueden entonces repartirse los bienes que quedan a precio de ganga.

Surgen ciertas pautas regulares: hay numerosos perdedores, pero los claros ganadores resultan ser siempre los bancos occidentales y el Tesoro de EE.UU.

Llegamos así al Cuarto Paso: libre mercado. Es decir, el libre mercado según las normas de la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, lo que Stiglitz asimila a las Guerras del Opio. "Entonces también se trataba de 'abrir mercados'," dice. Como en el siglo diecinueve, los europeos y norteamericanos de hoy están derribando las barreras al comercio en Asia, América Latina y África, al mismo tiempo que atrincheran nuestros propios mercados contra la agricultura del Tercer Mundo.

Durante las Guerras del Opio, Occidente hizo uso de los bloqueos militares. Hoy, el Banco Mundial puede decretar un bloqueo financiero, que es igualmente efectivo y a veces igualmente mortífero.

Stiglitz tiene dos preocupaciones sobre los planes del FMI y el Banco Mundial. Primero, dice, porque los planes son urdidos en secreto y motivados por una ideología absolutista, jamás abiertos a razonamientos o critica, "socavan la democracia." Segundo, porque no funcionan. Bajo la tutela de la "asistencia" estructural del FMI los ingresos de África cayeron un 23%.

¿Ha habido alguna nación que haya escapado a esta suerte? Sí, dice Stiglitz, Botswana. ¿El truco? "Mandaron al FMI a paseo." Stiglitz propone una reforma agraria radical: un ataque frontal contra las rentas del 50% sobre las cosechas que recaudan las oligarquías terratenientes de todo el mundo.

¿Por qué no siguieron su consejo el Banco Mundial y el FMI?

"Si se cuestiona [la propiedad de la tierra], puede darse un cambio en el poder de las elites. Y esa no es una de sus prioridades."

Al fin y al cabo, lo que le hizo arriesgar su puesto de trabajo fue la incapacidad de los bancos y el Tesoro de EE.UU. de cambiar de rumbo para afrontar las crisis, los fracasos y el sufrimiento provocado por su mambo monetarista de cuatro pasos.

"Es un poco como en la Edad Media," dice el economista, "Cuando el paciente moría siempre podían decir que habían interrumpido la sangría demasiado pronto, que aún le quedaba un poco de sangre dentro."

Quizá haya llegado el momento de despachar a los chupasangres.

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